Vietnam

Vietnam

15 noches / 17 días Del 06/02/2019 al 23/02/2019

Plan de días


Día 1 – Primer contacto con Hanoi

Nada más aterrizar y dejar las mochilas en el hotel, nos lanzamos a la calle. Nosotros llevamos el jet lag bastante bien, así que preferimos no dejarlo aterrizar: ducha rápida, cambiarse y a descubrir la ciudad.
Hanoi fue exactamente lo que esperábamos… y a la vez mucho más. Caos, ruido, motos por todas partes y una vida en la calle que no para ni un segundo. Todo el mundo come fuera, charla, compra, vende o simplemente observa. Las aceras no son para caminar: son cocinas, comedores, mercados y talleres improvisados.

El tráfico no nos sorprendió, porque esto es Asia y ya sabes a lo que vienes. Aun así, verlo en directo impresiona. Aquí no se conduce, se fluye. No hay carriles, ni normas claras ni prioridades: solo una masa de vehículos (motos, tuc-tucs, coches…) moviéndose como un banco de peces, esquivándose por instinto. Familias enteras sobre una sola moto —padre, madre, niños y a veces hasta un bebé—, muchos sin casco, algunos críos medio dormidos con la cabeza vencida. A su lado pasan repartidores en moto cargando muebles, televisiones o montañas de cajas atadas con cuerdas.

Rige la ley del más fuerte: gana siempre el vehículo más voluminoso. Las motos se apartan, los peatones se encogen y el tráfico se reordena solo. Más que conducción, aquello parece una jungla… y aun así, todo funciona. Todo se mueve, todo pita, todo esquiva por centímetros… y tú caminas con el corazón encogido, calculando cuándo puedes “jugarte la vida” para cruzar de una acera a otra. Aunque al final descubres que lo mejor es no calcular nada: te lanzas decidido, como un asiático más, y milagrosamente todos te esquivan… y empiezas a fluir tú también.

Una cosa que al principio desconcierta es el ruido constante de los pitidos. No es gente enfadada ni impaciente. En Asia el claxon es una forma de hablar. Lo usan para decir “estoy aquí”, “voy a pasar”, “cuidado, que estoy a tu lado”. No es una queja, es un aviso. Por eso todo el mundo pita todo el tiempo, es como un radar sonoro que mantiene a todos informados de por dónde se mueve cada uno dentro del caos. Hasta que estás en la cama y lo único que quieres es que alguien, por favor, apague el botón del claxon en toda la ciudad.

Empezamos por uno de los lugares más surrealistas de la ciudad: Train Street, las míticas calles por donde pasa el tren. No es una sola calle, sino varios tramos de vías que atraviesan barrios enteros. Casas, plantas, tiendas y cafés están a menos de un metro de los raíles. Caminar por allí es incómodo y fascinante a la vez: todo parece tranquilo… hasta que recuerdas que por ahí pasa un tren de verdad.

En Train Street nadie mira un horario ni una app: lo saben porque la propia calle se lo dice. Primero dejan de colocar mesas en las vías, luego los vecinos empiezan a mover cosas, se cierran puertas, se recogen plantas, y de repente todo el mundo se aparta. Un minuto después suena el claxon del tren y aparece entre las casas como si fuera algo completamente normal. No hay carteles ni avisos: es pura costumbre. La gente que vive allí lleva toda la vida escuchándolo y sabe exactamente cuándo viene, así que lo mejor es prestar atención a los lugareños y escapar a tiempo.

Después nos perdimos por el barrio antiguo. Como en muchos países asiáticos pobres, la vida en Vietnam se sostiene mayoritariamente en la calle, en el día a día, en lo que se vende y se compra a diario. Gente que vive de su pequeño puesto, de lo que trae el mercado esa mañana, sentada tranquilamente mientras observa pasar a todo el mundo. En medio del ruido, las motos y el desorden, hay una calma extraña: una forma de estar en el mundo que acepta el caos como parte de la rutina. Todo sigue adelante, humilde y sencillo, mientras la vida continúa fluyendo a su alrededor.

Seguimos caminando hasta llegar al lago Hoàn Kiếm, el corazón de Hanoi. De golpe, el ritmo cambia. Familias paseando, gente haciendo ejercicio y parejas con áo dài haciéndose fotos al atardecer. En medio del lago se alza la Torre de la Tortuga, uno de los símbolos más queridos de la ciudad.

Curiosidad

El lago Hoàn Kiếm significa literalmente “el lago de la espada devuelta”. Según la leyenda, una tortuga gigante salió del agua para reclamar una espada mágica que había ayudado a un emperador a ganar una guerra. Desde entonces, la espada volvió al lago y la tortuga se convirtió en un símbolo sagrado de la ciudad.

Cruzamos el famoso puente rojo para entrar al templo Ngọc Sơn, una pequeña isla llena de altares, dragones, flores y ofrendas. Este templo está dedicado, entre otros, a Trần Hưng Đạo, un héroe nacional vietnamita. Aquí se mezcla religión con historia patria sin ningún complejo. Dentro se mezclan turistas curiosos y locales rezando, creando un ambiente muy especial entre lo sagrado y lo cotidiano.

Después regresamos al caos: calles llenas de gente comiendo en taburetes diminutos, parrillas llenas de pinchos humeantes y un bullicio constante que parece no agotarse nunca.

Un primer día perfecto para entender Hanoi: una ciudad desordenada, ruidosa y abrumadora… pero también increíblemente viva, y con una gastronomía excepcional.

Esa noche, además, aprendimos otra de esas pequeñas lecciones del viaje. El primer día en Hanoi, al llegar al hotel, nos pidieron el pasaporte y nos dijeron que era “más seguro” que lo guardaran ellos, por si lo perdíamos. Como principiantes en Vietnam, cedimos sin pensarlo demasiado. Lo vimos normal. Se lo pedían a todo el mundo y el hotel tenía buenas referencias. Pero al volver del crucero ya no me cuadraba tanto el argumento. Bajé a recepción y lo pedí de vuelta. Confiar, sí… pero no dejar de pensar por ti mismo. Desde ese momento lo tuvimos claro: el pasaporte se quedaba con nosotros. Si querían, fotocopia, que además la llevaba de los dos. Pero el original, ni hablar. Vietnam nos estaba enseñando rápido. Y solo llevábamos cuatro días.


Día 2 – De Hanoi al mar (bahía de Hai Phong)

Pasamos la mañana todavía en Hanoi, con esa sensación rara de haber llegado hace nada y, a la vez, de haber vivido ya mil cosas. Después del caos del día anterior, la ciudad seguía girando igual de rápido: motos, ruido, puestos de comida, gente en la calle desde primera hora. Nosotros aprovechamos las últimas horas para pasear sin rumbo, comprar alguna cosa y absorber lo que quedaba de Hanoi antes de cambiar completamente de escenario.

Dejamos la ciudad atrás para poner rumbo a la bahía de Hai Phong, donde empezaba nuestro crucero. El trayecto ya fue un primer cambio de ritmo: poco a poco el hormigón dio paso al verde, los edificios se hicieron más bajos y el ruido quedó atrás.

Cuando llegamos al puerto y vimos los barcos, supimos que entrábamos en otra Vietnam.

Elegimos UNICHARM CRUISE (4*) porque prometía justo lo que buscábamos: huir de las zonas más turísticas y ver la bahía desde su parte más tranquila y menos explotada. Y acertamos. El barco salía desde el puerto de Tuan Chau y, poco a poco, se iba alejando del núcleo más concurrido de Ha Long para adentrarse en la zona donde se juntan Ha Long y la bahía de Lan Ha, un paisaje mucho más salvaje y silencioso, con menos barcos y sensación real de estar “fuera de ruta”.

La habitación del barco fue una auténtica pasada. Nada más entrar, lo primero que sentías era una tranquilidad absoluta. Abrías la ventana corredera y te quedaba un pequeño balcón privado con vistas directas al paraíso. Agua verde esmeralda, formaciones de roca imposibles emergiendo del mar y un silencio que no parecía real. No había ruido, no había prisas, solo calma.

Podías quedarte ahí apoyado, sin hacer nada, simplemente mirando. Fue uno de esos momentos en los que el viaje se detiene y solo existes tú, el paisaje y esa sensación de estar exactamente donde tienes que estar.

A medida que avanzábamos, las formaciones de roca se volvían cada vez más imponentes, el agua más abierta y el entorno más solitario. Había momentos en los que parecía que solo existían el mar, las islas… y nosotros. Nada de multitudes, nada de ruido artificial: solo el motor suave del barco y un paisaje que no necesitaba ningún filtro.

El crucero incluía todas las comidas en formato buffet (el alcohol no), con una cena de marisco a la parrilla que fue de lo mejor del viaje, y varias actividades organizadas: kayak entre las rocas, snorkel, trekking por el Parque Nacional de Cat Ba y visita a pueblos como Viet Hai y pesca nocturna desde el barco.

Y por no hablar de la comida del buffet. Espectacular. Nos pusimos hasta arriba.

Una de las dos noches hicimos una clase de cocina vietnamita a bordo. Me sacaron a hacer rollitos y, podéis imaginaros que, con mi nivel culinario, fue más un experimento que una receta. Aun así, nos los comimos. Contra todo pronóstico.


Día 3 – Cat Ba y vida a bordo

El día empezó con una de las actividades más especiales del viaje: kayak entre las formaciones rocosas. Remar por esos pasillos de piedra, con el agua completamente en calma y solo la voz de nuestro guía Quang rompiendo el silencio, fue una de esas experiencias que se disfrutan casi sin hablar. También nos dieron material para hacer snorkel, aunque la verdadera magia estaba más fuera del agua que dentro.

Durante todo el recorrido en barco íbamos cruzándonos con casas flotantes, pequeñas comunidades que viven literalmente sobre el agua, dedicadas principalmente a la pesca y a la cría de peces y mariscos. Una vida sencilla, aislada y totalmente ligada al mar, que veíamos pasar como parte natural del paisaje. Durante siglos vivieron completamente aislados del mundo terrestre. Hoy el gobierno vietnamita está reubicando a muchas familias en tierra firme para mejorar su acceso a educación y sanidad, pero algunas siguen viviendo allí. Son una forma de vida que está desapareciendo.

Cuando tocó la excursión a la isla de Cat Ba, mucha gente prefirió quedarse en el barco bañándose en los alrededores.
El crucero era pequeño precisamente para evitar multitudes, pero aun así solo decidió venir otra pareja y nosotros, así que la excursión acabó siendo casi una experiencia privada con nuestro guía. Tras el trekking, vimos una cueva y subimos a varios miradores: dos en plena montaña, con un mar infinito de colinas verdes, y otro en la Cannon Fort, una antigua fortaleza militar desde la que se domina toda la bahía. Un lugar cargado de historia que hoy es, simplemente, uno de los mejores balcones naturales de la zona.

En la propia ciudad de Cat Ba paramos a comer un hot pot vietnamita, una olla humeante en el centro de la mesa donde vas cocinando tú mismo carne, verduras y fideos. Muy local, muy sencillo y sorprendentemente bueno.

Y entonces llegó lo que no se puede planear: el atardecer. La bahía suele ser gris y brumosa, pero cuando el sol baja, todo se vuelve dorado. El agua se enciende, las islas se recortan en sombras suaves y el paisaje parece irreal. Desde la cama, sin hacer nada, entiendes por qué este sitio no necesita mucho más para quedarse grabado en la memoria.


Día 4 – Vuelta a Hanoi y choque de mundos

El crucero terminó y tocó despedirse del silencio, el agua y la vida lenta para volver, de golpe, a Hanoi. En pocas horas pasamos del mar en calma al tráfico, los pitidos y las calles llenas de gente, como si el barco hubiera sido un paréntesis en mitad del caos.
Lo primero que hicimos fue perdernos de nuevo por la ciudad. Acabamos en uno de esos mercados del centro, muy local, lleno de puestos de collares, pulseras, amuletos y objetos religiosos. Allí vimos algo que nos llamó muchísimo la atención: gente quemando billetes… que no eran de verdad, sino dinero simbólico. Es una tradición vietnamita para honrar a los antepasados y “enviar” prosperidad al más allá.

Después sí, cambiamos radicalmente de escenario y subimos a la Lotte Tower, uno de los edificios más altos de Hanoi. Desde arriba, con el mirador de cristal bajo los pies, la ciudad parece infinita: luces, avenidas, bloques sin fin y una sensación bastante incómoda si no te llevas bien con las alturas.

No es un mirador para todo el mundo: solo los valientes se atreven a caminar sobre el suelo transparente y mirar hacia abajo desde decenas de pisos sin que les tiemblen las piernas. Javi, esto no era lo tuyo.

Un cierre perfecto para entender Hanoi: una ciudad donde conviven sin problema lo más moderno y lo más tradicional, lo espiritual y lo material, el siglo XXI y costumbres que vienen de siglos atrás.

Esa noche, además, aprendimos otra de esas pequeñas lecciones del viaje.

El primer día en Hanoi, al llegar al hotel, nos pidieron el pasaporte y nos dijeron que era “más seguro” que lo guardaran ellos, por si lo perdíamos. Como principiantes en Vietnam, cedimos sin pensarlo demasiado. Lo vimos normal. Se lo pedían a todo el mundo y el hotel tenía buenas referencias.

Pero al volver del crucero ya no me cuadraba tanto el argumento. Bajé a recepción y lo pedí de vuelta. Confiar, sí… pero no dejar de pensar por ti mismo.

Desde ese momento lo tuvimos claro: el pasaporte se quedaba con nosotros. Si querían, fotocopia, que además la llevaba de los dos. Pero el original, ni hablar.

Vietnam nos estaba enseñando rápido. Y solo llevábamos cuatro días.


Día 5 – Ninh Binh, crisis de los 40 y paisajes de otro planeta

Este día empieza con una decisión un poco cuestionable: alquilar una moto y continuar el viaje por Vietnam sobre dos ruedas. Y no era una moto cualquiera, era una de montaña, alta, grande y nada discreta. A Javi le había dado fuerte la crisis de los cercanos 40 y, recién sacado el carnet, decidió que aprender a conducir en Vietnam era una idea fantástica. Primer trayecto serio: unas dos horas de carretera, tráfico caótico, tramos casi sin asfalto… y yo rezando por dentro.

Aquí empezó de verdad la aventura: carretera, paisajes brutales y la sensación constante de estar viajando por un sitio completamente diferente a todo lo que conocíamos. Y con una moto de por medio, para bien o para infarto.

Llegamos a Mua Caves, el sitio es simplemente espectacular: naturaleza por todas partes, lagunas, puentes de madera, farolillos de colores por la noche y cabañas de bambú que parecen sacadas de una película. Uno de esos alojamientos que ya por sí solo justifica el viaje.

Subimos al famoso mirador de Hang Múa, con su interminable escalera tallada en la roca. Desde arriba, las vistas son de las que te dejan en silencio: ríos serpenteando entre montañas kársticas, arrozales infinitos y una neblina suave que hace que todo parezca irreal. En lo alto, las estatuas y pequeños templos le dan todavía más épica al momento.

Por la noche paseamos por el complejo, entre senderos, canales y rincones decorados con figuras tradicionales y puentes de piedra. Todo muy tranquilo, muy verde, muy distinto al ritmo de las ciudades. Y por la noche, el lugar se transforma con las luces y farolillos, creando una atmósfera casi mágica.


Día 6 – Cuevas, templos y safari humano

El día empezó de forma surrealista: abrimos las cortinas de la habitación y había varios chinos literalmente pegados al cristal, intentando averiguar qué había al otro lado, como si nuestra habitación formara parte del recorrido turístico del complejo. Cerramos, nos miramos… y nos entró la risa.

Después salimos en moto rumbo a Tam Coc, donde hicimos el clásico paseo en barca entre montañas y cuevas.

El paisaje era brutal, hasta que apareció una vendedora en otra barca y nos lanzó unas patatas y una Coca-Cola dentro. Nuestro barquero, sin cortarse un pelo, dijo que era su desayuno y que se lo pagáramos. Entre que no entendíamos nada y que nos pareció un morro impresionante, dijimos que no. Momento Vietnam total.

Lo mejor vino después, casi sin planearlo. Acabamos con la moto en Bich Dong Pagoda, un monasterio precioso, sin apenas turistas. Desde allí empezamos a caminar por una especie de sendero que nos metió de lleno en un paisaje increíble: huertos, lagunas, pequeñas casas, templos medio escondidos entre la roca, caminos de tierra entre arrozales y montañas gigantes cerrándonos el horizonte. Todo tan integrado y real que parecía más una película que un sitio turístico.

Fue, sin duda, el Vietnam que veníamos buscando: lento, verde, espiritual y absolutamente hipnótico.

Por la tarde fuimos a Trang An, donde hicimos otro recorrido en barca, mucho más largo que el anterior. Aquí el paisaje se vuelve todavía más espectacular y hay mucha más gente.

La barca avanza despacio entre montañas kársticas y atraviesa cuevas completamente oscuras, donde el techo pasa a pocos centímetros de tu cabeza. Y fue ahí donde vimos algo que nos dejó impactados: pequeños altares dentro de las propias cuevas, con flores, incienso y ofrendas colocadas en mitad de la roca. Espiritual, silencioso y profundamente auténtico.

No es casualidad que este lugar pareciera sacado de una película: porque literalmente lo está. En Trang An se rodaron escenas de Kong: Skull Island, y mientras avanzas entre esas montañas y ese silencio absoluto, lo entiendes perfectamente. Tiene algo primitivo, intacto, casi irreal.

Además, toda esta zona forma parte del complejo paisajístico de Trang An, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, no solo por su belleza natural, sino también por su valor histórico y espiritual. Y estando allí, lo comprendes sin necesidad de que nadie te lo explique. Hay lugares que no necesitan presentación.


Día 7 – Ninh Binh → Cao Bang, amor verdadero y nueve horas de moto

Este día fue una segunda prueba de amor: nueve horas en moto hasta Cao Bang.
Nueve. Horas. Javi. Y, por supuesto, ¿una moto cómoda para viajar? No, para qué.

Yo llegué con el culo roto y la sensación de haber envejecido diez años en un solo día, pero también con la certeza de que acabábamos de vivir una de esas locuras que no se piensan demasiado… y que luego se convierten en lo mejor del viaje.

Echamos todo el día en carretera, parando cuando nos apetecía, sin horarios ni prisas. Pasamos por pueblos perdidos, carreteras imposibles, campos, montañas, ríos y aldeas donde parecía que el tiempo se había quedado congelado. Íbamos tan abajo, tan metidos en el país, que veías las casas por dentro, la gente cocinando, niños jugando en la puerta, gallinas cruzando la carretera y señoras mirándonos como si acabáramos de aterrizar de otro planeta.

Paramos a comer en un sitio completamente local. Tan local que no hablaban ni una palabra de inglés y nosotros de vietnamita lo justo para no morir de hambre. Todo fue por señas. Ellos alucinaban ya no solo con la moto, sino con nosotros, porque claramente no están acostumbrados a ver occidentales por allí. El sitio… bueno, digamos que era una auténtica guarrada. Casi no comimos, pero nos reímos mucho y la experiencia fue tan surrealista como auténtica.

Y al final del día, por fin, llegamos a Cao Bang, en la frontera con China. Llegamos hasta arriba de barro, con unas greñas en el pelo que estuve a punto de cortar a tijera (chicas o chicos de pelo largo: si no estáis acostumbrados a la moto, recogeros el pelo dentro del casco o asumid las consecuencias).

Nos alojamos en un hotel espectacularmente bonito. Tan bonito que daba la sensación de que éramos los únicos clientes, y además no habían visto prácticamente nunca a occidentales. Les fascinaba que viniéramos desde Hanoi… y en moto. Lo primero que hicimos fue ir directamente a la ducha y darles toda nuestra ropa para la lavandería del hotel. Lo entendieron todo sin palabras.

Preguntamos si podíamos cenar allí y nos prepararon una cena de chef de película, de lo más rico que comimos en Vietnam. Platos increíbles, presentados con mimo, silencio absoluto en el comedor… y nosotros dos solos. Después de la paliza, la ducha caliente y el trauma capilar, esa cena nos supo a gloria bendita.

Fue un día largo, cansado, duro… pero brutal. De esos que te sacan de la burbuja del viaje cómodo y te meten de lleno en la Vietnam real, sin filtros, sin tours, sin postureo. Solo carretera, barro, miradas curiosas y la sensación constante de estar viviendo algo que no se puede explicar bien… hasta que lo estás viviendo tú, reventado, recién duchado, con la ropa en la lavandería del hotel y cenando como reyes en un comedor vacío, perdidos en medio del norte de Vietnam. Y ahí te das cuenta de que, precisamente por eso, se queda grabado para siempre.


Día 8 – Cataratas en la frontera del mundo

Este día tocaba uno de esos sitios que no sabíamos ni pronunciar bien, pero que acabó siendo de lo más espectacular del viaje: las Cataratas de Ban Gioc, en plena frontera con China.

El lugar es simplemente increíble. Un conjunto enorme de cascadas cayendo en varios niveles, rodeadas de selva, montañas kársticas y una calma extraña que solo rompe el ruido constante del agua. Lo más surrealista es que, si cruzas en barca el río, estás literalmente en China. Un lado Vietnam, el otro China, separados solo por unas aguas verdes y un par de metros.

Nosotros nos quedamos flotando entre los dos países, sin pasaporte, sin controles, solo dejándonos salpicar por la niebla de las cataratas.

El lugar era increíble: el sonido constante del agua cayendo, la bruma en el aire, el verde por todas partes y, sorprendentemente, muy poca gente para lo brutal que era. Nada masificado, nada de agobios, solo naturaleza en estado puro y alguna haciéndose fotos con trajes que alquilaban en el mismo lugar.

Y como si el escenario no fuera ya suficientemente perfecto, aparecieron búfalos de agua pastando tranquilamente delante de las cataratas, como si fuera lo más normal del mundo. En medio de ese paisaje de película, ellos ahí, caminando despacio, mojándose en el río y pasando olímpicamente de los turistas. Una estampa tan Vietnam que parecía sacada de un documental.

Después de las cascadas fuimos a ver una cueva cercana, la Nguom Ngao Cave. Entrar ahí dentro fue como meterse en el interior de la tierra: pasillos enormes, estalactitas y estalagmitas gigantes, formaciones que parecían esculturas y una iluminación dorada que lo hacía todo todavía más irreal. Caminabas por pasarelas entre columnas de piedra milenarias, con la sensación constante de estar en un decorado de película de aventuras.

Un sitio de postal, de los que parecen demasiado bonitos para ser verdad, pero que están ahí, en mitad del norte de Vietnam, recordándote que el planeta aún guarda rincones capaces de dejarte con la boca abierta.


Día 9 – Nueve horas más, vuelta a Hanoi y vida en directo

Volvimos a Hanoi en moto. Otras nueve horas. Porque ya que habíamos sobrevivido a la ida, ¿por qué no repetir la experiencia?
Esta vez el cuerpo ya iba resignado, en modo automático, asumiendo que el culo iba a sufrir y que el paisaje sería la verdadera recompensa. Y no falló. La carretera volvió a regalarnos escenas imposibles: búfalos cruzando tranquilamente en mitad del asfalto como si fueran peatones con prioridad absoluta, camiones esquivándolos con una calma admirable y nosotros pasando despacio, sintiéndonos parte de un documental.

Yo iba todo el trayecto grabando con la GoPro: casas, campos, gente trabajando, niños saludando, señoras cargando cosas imposibles en bicicletas, animales por todos lados… La sensación constante de estar atravesando una realidad completamente ajena a la nuestra, sin filtros, sin decorado, sin nada preparado para turistas.

Fue otro día de carretera larga, polvo, ruido y cansancio, pero también de esos que no se olvidan. No por lo que ves en Instagram, sino por lo que se queda en la memoria: la vida cotidiana pasando delante de tus ojos mientras avanzas, lento, incómodo… y absolutamente feliz de estar ahí.


Día 10 – Vuelo a Da Nang, adiós motito y dragones en llamas

Este día empezó con una despedida importante: dejamos la moto. Después de tantos kilómetros, barro y aventuras, volamos hasta Da Nang y volvimos a la vida “civilizada”. Duchados, con ropa limpia y sin casco: una sensación rarísima después de tantos días sobre dos ruedas.

Da Nang nos recibió como una ciudad moderna, amplia, con aire de costa y llena de marisquerías por todas partes. Paseamos sin rumbo, viendo restaurantes con peceras gigantes, cangrejos vivos, gambas enormes y carteles luminosos prometiendo festines marinos que parecían más bien trampas para turistas… pero muy tentadoras, eso sí.

Y por la noche llegó el plato fuerte: el famoso puente del dragón. Resulta que todos los viernes, sábados y domingos a las 21:00, el dragón cobra vida y hace un espectáculo de fuego y agua. Y allí estábamos nosotros, rodeados de cientos de vietnamitas esperando el momento como si fuera fin de año.

Cuando el dragón empezó a lanzar fuego por la boca, lo mejor no fue ni el fuego… fue el público. Cada vez que salía una llamarada, todo el mundo a la vez soltaba un enorme: “OHHHHHH” en perfecto sincronismo. Como si lo hubieran ensayado. Y nosotros partiéndonos de risa en medio, mirando más a la gente que al dragón.

Un final perfecto para cerrar la etapa de carretera: luces, ruido, marisco, multitudes y un dragón escupiendo fuego mientras una ciudad entera se maravilla al unísono. Vietnam, nunca decepciona.


Día 11 – Bendito chofer, teleférico al futuro y Ba Na Hills

Este día tocaba ir de Da Nang a Hoi An, y creo que sí que lo tenía medio hablado con el encargado del hotel… pero sinceramente no lo recuerdo del todo. Lo que sé seguro es que lo acabamos cerrando sobre la marcha, como casi todo en ese viaje. Exceso de improvisación nivel Vietnam primer viaje.

Así que hicimos lo que mejor se nos daba ya: preguntar en el hotel y organizarlo en el momento. Le dijimos al dueño o gerente si había alguna forma de ir a Hoi An parando en Ba Na Hills, y en cinco minutos nos tenían montado el plan: chofer privado, coche cómodo, recogida con maletas, visita todo el día al parque y por la tarde traslado directo a nuestro hotel de Hoi An. Todo por alrededor de 50€ cada uno. Bendito coche. Bendito Vietnam.

Lo que más nos flipó fue que el chofer nos dejó en el parking de Ba Na Hills con todo nuestro equipaje dentro del coche… y se quedó allí esperándonos, literalmente todo el día, hasta que termináramos la visita. Sin prisas, sin reloj, sin presión. El tiempo allí no es para perderlo, es para ganar dinero, y aun así parecía más importante que estuviéramos tranquilos que hacer otro viaje rápido.

Y aquí viene otra lección viajera: la gente es increíblemente honrada. Nunca sentimos que nos quisieran timar, al contrario. En los hoteles (siempre con buenas valoraciones) parecía que su prioridad real era que estuviéramos cómodos, que todo fluyera y, claro, que volviéramos felices. Negocio sí, pero con una humanidad que no siempre encuentras en otros sitios.

Ba Na Hills es… difícil de explicar. Subes en uno de los teleféricos más largos del mundo y, de repente, estás en otro planeta: templos budistas, jardines perfectos, estatuas gigantes, una ciudad francesa sacada de Disneyland y, de pronto, un parque de atracciones con coches de choque, montañas rusas y atracciones psicodélicas. Todo mezclado sin ningún tipo de sentido… y a la vez funcionando.

Curiosidad

La ciudad francesa no es casualidad, es herencia del período colonial francés, pues estas zonas de montaña se usaban como zonas de veraneo y refugio por los franceses por el clima más fresco.

Fue probablemente lo más surrealista del viaje: pasar de estar rodeados de naturaleza a caminar por un castillo europeo, luego subirte a una atracción y después acabar en un templo con vistas infinitas. Vietnam en estado puro: caos estético, pero absolutamente fascinante.

Por la tarde, tal y como habíamos quedado, nuestro chofer apareció puntualísimo donde habíamos quedado en el parking y nos llevó directamente a nuestro hotel de Hoi An. Nosotros, agotados, con la cabeza llena de imágenes imposibles y pensando lo mismo los dos: y si se hubiera ido con las mochilas…aunque por la pinta que traíamos seguro que no encontraría gran cosa.


Día 12 – Hoi An, calor, fiebre y la otra cara del viaje

El día empezó bonito… pero ya venía con aviso. Javi llevaba tocado desde la vuelta de Cao Bang a Hanoi porque nos pilló lluvia y, como él iba el primero, se comió todo el agua del mundo. En una de las paradas para comer, además, creemos que nos timaron: una especie de buffet rarísimo donde elegías platos y nos cobraron el doble de lo habitual. Nos sorprendió porque en zonas tan remotas normalmente son súper honrados, pero necesitábamos parar sí o sí para que Javi se cambiara de ropa mojada y se encontrara mejor. Cosas que pasan, no todo es magia.

En Hoi An ya directamente volvió a estar con algo de fiebre y diarrea… pero el campeón seguía pidiéndose batidos de fruta con hielo. En países donde el agua no es potable. Nada, mi señor no aprendía la lección.

Aun así, por la mañana salimos a pasear un poco por el casco antiguo. Hoi An es muy bonita, eso es innegable: calles llenas de farolillos de colores, casas amarillas, puentes de madera, el río lleno de barcas y muchísima vida. Todo parecía de postal.

Llegamos hasta el Puente Cubierto Japonés (Japanese Covered Bridge – Chùa Cầu), construido en el siglo XVI por comerciantes japoneses cuando Hoi An era uno de los puertos más importantes de Asia. No es solo un puente: dentro alberga un pequeño templo protector, reflejo de la importancia espiritual que tenía para quienes vivían del comercio marítimo. Muy cerca también vimos uno de los antiguos Salones de Asamblea Chinos (Chinese Assembly Hall – Hội Quán), construidos por comunidades chinas hace siglos como centros de reunión, templos y lugares de protección espiritual para los comerciantes que vivían lejos de su hogar.

Pero a medida que caminábamos, esa postal empezaba a sentirse demasiado construida. Había señoras caminando con esos palos de bambú cargados de frutas o flores, que al principio posaban encantadas… y luego te pedían dinero por la foto. Lo que parecía cotidiano, en realidad era parte de una escena repetida una y otra vez para el turista.

Fuimos a comprar sus pastillas habituales —primer viaje (de muchos) en el que también se olvida su medicación— y nos cobraron casi diez veces más por un solo blíster. Allí no venden cajas enteras, todo va por unidades… y a precio de oro en Hoi An, cuando en Hanoi nos había costado una décima parte. Después, con el calor ya insoportable, volvimos al hotel y pasamos la tarde prácticamente entera en la piscina, intentando que Javi se encontrara mejor.

Hoi An, siendo sinceros, me decepcionó un poco. Muchísima gente, todo muy enfocado al turismo y una sensación diferente al resto de Vietnam. Y como broche, me robaron las gafas de sol (de unos 30-40€ de una marca española poco reconocida) por dejarlas apoyadas dos segundos en el mostrador de recepción del hotel. Fue el primer sitio del viaje donde realmente sentí que había que estar más alerta.

Además, seguíamos sin entender algo que nos chocó desde el primer día en Vietnam: que en todos los hoteles te pidan el pasaporte y se lo queden ellos “por seguridad”. La primera vez lo vimos hacerlo con todos los clientes, en hoteles buenos y con referencias, y cedimos sin problema. Al final del viaje ya me plantaba: fotocopia sí, pasaporte no. Incluso llevaba yo misma copias de los dos.

Por la noche, ya con Javi algo mejor, salimos a dar un paseo y a cenar.
Hoi An se transforma completamente al anochecer. Los farolillos se encienden, el río se ilumina y todo adquiere una belleza difícil de negar.

Allí es habitual subirse a una barca y tirar una especie de vela en un cartón al río. Al parecer tiene un significado espiritual: simboliza soltar deseos, atraer buena suerte o dejar ir lo malo. A todo el mundo le encanta… a mí no tanto. La intención es bonita. Pero verlo tan masificado, tan constante y tan convertido en atracción turística nos dejó una sensación extraña. El río estaba lleno de estructuras flotantes acumulándose unas sobre otras, muchas de ellas hechas de cartón, plástico y materiales que terminan en el agua.

Visualmente es precioso, pero también profundamente contaminante. Una tradición espiritual convertida en consumo masivo, dejando huella en el mismo río que la sostiene.

También vimos algo que nos encogió un poco el ánimo: niños sentados en el suelo vendiendo pequeñas velas de colores, con la mirada cansada y una seriedad impropia de su edad. Demasiado pequeños para estar trabajando, demasiado acostumbrados a hacerlo.

Hoi An de noche es espectacular visualmente, sí, pero también es probablemente el sitio donde más sentí que Vietnam se había convertido en un decorado.

Bonito, fotogénico… pero con menos alma que el resto del viaje.


Día 13 – De Hoi An a Hue: montañas, templos y la entrada al Vietnam imperial

Ese día dejamos Hoi An atrás y pusimos rumbo a Hue en autobús, con varias paradas por el camino que convirtieron el trayecto en mucho más que un simple traslado. La primera fue en las Montañas de Mármol (Marble Mountains – Ngũ Hành Sơn), un conjunto de cinco colinas sagradas que representan los cinco elementos. Durante siglos han sido lugar de culto budista, con templos escondidos en cuevas naturales. Algunas de estas cuevas, como la Huyen Khong Cave, también se usaron como hospitales y refugios durante la guerra de Vietnam, lo que les da un valor espiritual e histórico enorme.

Seguimos hacia el norte hasta el famoso Paso de Hai Van (Hai Van Pass), cuyo nombre significa “Paso de las Nubes del Mar”. Esta carretera de montaña ha sido históricamente una frontera natural entre regiones y hoy es uno de los tramos más espectaculares del país, con vistas increíbles al mar, la selva y la costa virgen. Es un símbolo del Vietnam más salvaje y natural.

Más adelante paramos en la tranquila Laguna Lap An (Lap An Lagoon – Đầm Lập An), una enorme laguna de agua salada rodeada de montañas. Es conocida por la pesca tradicional de ostras y por la calma absoluta que transmite. Un lugar donde el tiempo parece haberse detenido.

Al llegar a Hue, empezamos a ver los famosos Barcos Dragón del río Perfume (Dragon Boats – Perfume River / Sông Hương), utilizados antiguamente por la familia imperial durante la dinastía Nguyen, cuando Hue era la capital de Vietnam. Hoy siguen siendo uno de los símbolos más importantes de la ciudad y reflejan su pasado imperial.

Terminamos el día junto al Puente Trang Tien (Trang Tien Bridge), construido durante la época colonial francesa a principios del siglo XX. Cruza el río Perfume y es uno de los iconos de Hue. Desde allí vimos el atardecer caer sobre el agua, entendiendo que esta ciudad no era solo otro destino, sino el corazón histórico del Vietnam imperial.

Curiosidad

Hue fue capital imperial; todo aquí tiene ese “aire” porque realmente lo fue.


Día 14 – Hue, calor infernal y el Vietnam imperial (por dentro)


Si Hue ya nos había dado vibes de “aquí pasó historia”, este día fue confirmación total: decidimos dedicarlo entero a la Ciudadela Imperial (Imperial City / The Citadel – Kinh Thành Huế). Y menos mal que no planeamos mucho más, porque el calor era de los que te dejan sin personalidad: sol directo, humedad y ese aire espeso que te va apagando poco a poco como una vela. Entrar fue como cruzar una frontera invisible. Pasas del Hue cotidiano a un espacio enorme, silencioso y ceremonial, rodeado de foso y murallas. Lo primero que te impresiona es lo grandioso que es todo: avenidas internas, puertas monumentales, patios interminables… y la sensación de que esto no era “un palacio bonito”, era literalmente el centro del poder de Vietnam.

Accedimos por la puerta más icónica, la Puerta del Mediodía (Noon Gate – Ngọ Môn), que era la entrada principal al recinto imperial y donde se hacía el teatro serio de la monarquía: ceremonias, recepciones oficiales y todo lo que tenía que verse. Justo antes, asomaba la Torre de la Bandera (Flag Tower – Kỳ Đài) con la bandera ondeando como diciendo: “bienvenidos al Vietnam imperial, criaturas”.

Dentro, íbamos avanzando entre patios y edificios donde se nota que el tiempo ha pasado fuerte. Hue fue capital de la dinastía Nguyen (Nguyễn Dynasty), la última dinastía de Vietnam, y eso se siente en cada detalle: los tejados curvados, los colores imperiales, los dragones por todas partes (porque aquí el dragón no es decoración: es símbolo de poder, protección y legitimidad del emperador). Hue, además, forma parte de un sitio UNESCO (UNESCO World Heritage Site), y se nota que hay restauraciones por todas partes: mucha belleza… y muchas cicatrices.

Una de las cosas que más nos gustó fue ir encontrando rincones más tranquilos dentro del complejo: jardines, estanques y sombras salvadoras. En uno de esos parones de “necesito no derretirme”, nos quedamos mirando un estanque lleno de carpas koi (Koi fish), que en Asia suelen simbolizar perseverancia y buena suerte… y que, sinceramente, estaban viviendo mejor que nosotros a esas horas.

También caminamos por pasillos rojos y dorados, de esos que parecen sacados de una peli, con columnas lacadas y ornamentación al milímetro. En espacios así entiendes que el protocolo aquí no era una idea: era una forma de vida. Y entre tanto esplendor, también está ese contraste raro: edificios reconstruidos, zonas vacías, partes que ya no están… recordatorio silencioso de que Hue sufrió muchísimo durante guerras y bombardeos.

En resumen: fue un día lento, de caminar, parar, beber agua, buscar sombra y volver a caminar. Pero también fue de los días más “historia en la cara” del viaje. No hicimos mil cosas, porque no se podía, el calor mandaba. Aun así, salir de allí con la cabeza llena de puertas, patios, dragones y pasado… fue suficiente. Hue no te entretiene: Hue te pesa. Y precisamente por eso se te queda.

Día 15 – Moto, túneles y la vida bajo tierra


Ese día volvimos a la carretera, pero esta vez con una moto normal. Una moto de persona funcional. Nada de aventuras mecánicas innecesarias ni crisis existenciales sobre dos ruedas. Gracias, Javi. El plan era ir hasta los Túneles de Vinh Moc (Vinh Moc Tunnels), bastante al norte de Hue, cerca de la antigua zona desmilitarizada que separó Vietnam del Norte y del Sur durante la guerra. El trayecto ya merecía la pena por sí solo: carreteras tranquilas, pueblos pequeños, arrozales infinitos y esa sensación de estar viajando sin rumbo fijo, sin prisas, solo siguiendo la línea del mapa. Antes de salir, tuvimos un pequeño momento absurdo-logístico: no tenían un casco de moto de mi talla. Al parecer, mi cabeza es más pequeña de lo que el estándar vietnamita contempla. Después de rebuscar, me dieron uno de niño que… bueno, cumplía su función espiritual más que física. Pero oye, Vietnam. Adelante. Llegamos a los Túneles de Vinh Moc (Vinh Moc Tunnels) y desde fuera no parece gran cosa. Un pequeño acceso, vegetación, tranquilidad absoluta. Cuesta imaginar que ese lugar esconde una de las historias más duras del país.

Los Túneles de Vinh Moc (Vinh Moc Tunnels) no eran un escondite militar. Eran un pueblo entero bajo tierra. Entre 1966 y 1972, durante los bombardeos más intensos de la guerra, más de 300 personas vivieron allí durante seis años completos. No se escondían de forma puntual: vivían. Dormían. Cocinaban. Criaban a sus hijos. De hecho, nacieron 17 niños dentro de los túneles durante ese periodo.

Bajamos con un guía local, y en cuanto entras, todo cambia. El aire es más denso. La luz desaparece. El silencio pesa.

El complejo estaba construido en tres niveles, alcanzando hasta los 23 metros de profundidad, lo suficiente para resistir las bombas más potentes. Había habitaciones familiares, una sala médica, cocina, almacenes e incluso pozos de agua. Todo bajo tierra. Entrar ahí dentro fue una de las experiencias más impactantes del viaje. Los túneles son estrechos, bajos y oscuros. Avanzas agachado, sintiendo el peso de la tierra encima. Cuesta imaginar cómo alguien pudo vivir ahí abajo no durante horas… sino durante años.

Y, sin embargo, lo hicieron. No por elección, sino por supervivencia. Se negaron a abandonar su tierra, así que decidieron desaparecer bajo ella.

Hay momentos en los que la sensación es directamente claustrofóbica. No por miedo, sino por comprensión. Entiendes físicamente lo que significaba esconderse bajo tierra mientras el mundo de arriba explotaba.

No es un museo bonito ni espectacular. Es mucho más que eso. Es real. Es sentirlo. Es entender, aunque sea mínimamente, la resistencia silenciosa de la gente que lo vivió. A veces viajar no es solo ver cosas bonitas. A veces es entender hasta dónde puede llegar el ser humano cuando no tiene otra opción que resistir. Ese día, dentro de la tierra, lo entendimos. Y el silencio de los túneles se quedó con nosotros mucho después de irnos.