Vietnam
Asia · feb 2019

Vietnam

15 noches / 17 días06 feb 201923 feb 2019Madrid → Hanoi → Da Nang → Hué → Madrid
17Días de viaje
9hEn moto (dos veces)
100+Fotos que lo cuentan todo
01
7 de febrero · Hanoi

Primer contacto con el caos organizado

Nada más aterrizar y dejar las mochilas en el hotel, nos lanzamos a la calle. Nosotros llevamos el jet lag bastante bien, así que preferimos no dejarlo aterrizar: ducha rápida, cambiarse y a descubrir la ciudad. Hanoi fue exactamente lo que esperábamos… y a la vez mucho más. Caos, ruido, motos por todas partes y una vida en la calle que no para ni un segundo. Todo el mundo come fuera, charla, compra, vende o simplemente observa. Las aceras no son para caminar: son cocinas, comedores, mercados y talleres improvisados.

El tráfico no nos sorprendió, porque esto es Asia y ya sabes a lo que vienes. Aun así, verlo en directo impresiona. Aquí no se conduce, se fluye. No hay carriles, ni normas claras ni prioridades: solo una masa de vehículos (motos, tuc-tucs, coches…) moviéndose como un banco de peces, esquivándose por instinto. Familias enteras sobre una sola moto —padre, madre, niños y a veces hasta un bebé—, muchos sin casco, algunos críos medio dormidos con la cabeza vencida. A su lado pasan repartidores en moto cargando muebles, televisiones o montañas de cajas atadas con cuerdas.

Rige la ley del más fuerte: gana siempre el vehículo más voluminoso. Las motos se apartan, los peatones se encogen y el tráfico se reordena solo. Más que conducción, aquello parece una jungla… y aun así, todo funciona. Todo se mueve, todo pita, todo esquiva por centímetros… y tú caminas con el corazón encogido, calculando cuándo puedes "jugarte la vida" para cruzar de una acera a otra. Aunque al final descubres que lo mejor es no calcular nada: te lanzas decidido, como un asiático más, y milagrosamente todos te esquivan… y empiezas a fluir tú también.

Una cosa que al principio desconcierta es el ruido constante de los pitidos. No es gente enfadada ni impaciente. En Asia el claxon es una forma de hablar. Lo usan para decir "estoy aquí", "voy a pasar", "cuidado, que estoy a tu lado". No es una queja, es un aviso. Por eso todo el mundo pita todo el tiempo, es como un radar sonoro que mantiene a todos informados de por dónde se mueve cada uno dentro del caos. Hasta que estás en la cama y lo único que quieres es que alguien, por favor, apague el botón del claxon en toda la ciudad.

Empezamos por uno de los lugares más surrealistas de la ciudad: Train Street, las míticas calles por donde pasa el tren. No es una sola calle, sino varios tramos de vías que atraviesan barrios enteros. Casas, plantas, tiendas y cafés están a menos de un metro de los raíles. Caminar por allí es incómodo y fascinante a la vez: todo parece tranquilo… hasta que recuerdas que por ahí pasa un tren de verdad.

En Train Street nadie mira un horario ni una app: lo saben porque la propia calle se lo dice. Primero dejan de colocar mesas en las vías, luego los vecinos empiezan a mover cosas, se cierran puertas, se recogen plantas, y de repente todo el mundo se aparta. Un minuto después suena el claxon del tren y aparece entre las casas como si fuera algo completamente normal. No hay carteles ni avisos: es pura costumbre.

Después nos perdimos por el barrio antiguo. Como en muchos países asiáticos pobres, la vida en Vietnam se sostiene mayoritariamente en la calle, en el día a día, en lo que se vende y se compra a diario. En medio del ruido, las motos y el desorden, hay una calma extraña: una forma de estar en el mundo que acepta el caos como parte de la rutina.

Seguimos caminando hasta llegar al lago Hoàn Kiếm, el corazón de Hanoi. De golpe, el ritmo cambia. Familias paseando, gente haciendo ejercicio y parejas con áo dài haciéndose fotos al atardecer. En medio del lago se alza la Torre de la Tortuga, uno de los símbolos más queridos de la ciudad.

Cruzamos el famoso puente rojo para entrar al templo Ngọc Sơn, una pequeña isla llena de altares, dragones, flores y ofrendas. Este templo está dedicado, entre otros, a Trần Hưng Đạo, un héroe nacional vietnamita. Aquí se mezcla religión con historia patria sin ningún complejo. Dentro se mezclan turistas curiosos y locales rezando, creando un ambiente muy especial entre lo sagrado y lo cotidiano.

Después regresamos al caos: calles llenas de gente comiendo en taburetes diminutos, parrillas llenas de pinchos humeantes y un bullicio constante que parece no agotarse nunca.

Un primer día perfecto para entender Hanoi: una ciudad desordenada, ruidosa y abrumadora… pero también increíblemente viva, y con una gastronomía excepcional.

Días 2 y 3 · Crucero
02
8 de febrero · Bahía de Hai Phong

De Hanoi al mar bahía de Hai Phong

Pasamos la mañana todavía en Hanoi, con esa sensación rara de haber llegado hace nada y, a la vez, de haber vivido ya mil cosas. Después del caos del día anterior, la ciudad seguía girando igual de rápido: motos, ruido, puestos de comida, gente en la calle desde primera hora. Nosotros aprovechamos las últimas horas para pasear sin rumbo, comprar alguna cosa y absorber lo que quedaba de Hanoi antes de cambiar completamente de escenario.

Dejamos la ciudad atrás para poner rumbo a la bahía de Hai Phong, donde empezaba nuestro crucero. El trayecto ya fue un primer cambio de ritmo: poco a poco el hormigón dio paso al verde, los edificios se hicieron más bajos y el ruido quedó atrás.

Cuando llegamos al puerto y vimos los barcos, supimos que entrábamos en otra Vietnam.

Elegimos UNICHARM CRUISE (4★) porque prometía justo lo que buscábamos: huir de las zonas más turísticas y ver la bahía desde su parte más tranquila y menos explotada. Y acertamos. El barco salía desde el puerto de Tuan Chau y, poco a poco, se iba alejando del núcleo más concurrido de Ha Long para adentrarse en la zona donde se juntan Ha Long y la bahía de Lan Ha, un paisaje mucho más salvaje y silencioso, con menos barcos y sensación real de estar "fuera de ruta".

La habitación del barco fue una auténtica pasada. Nada más entrar, lo primero que sentías era una tranquilidad absoluta. Abrías la ventana corredera y te quedaba un pequeño balcón privado con vistas directas al paraíso. Agua verde esmeralda, formaciones de roca imposibles emergiendo del mar y un silencio que no parecía real. No había ruido, no había prisas, solo calma.

"Fue uno de esos momentos en los que el viaje se detiene y solo existes tú, el paisaje y esa sensación de estar exactamente donde tienes que estar."

A medida que avanzábamos, las formaciones de roca se volvían cada vez más imponentes, el agua más abierta y el entorno más solitario. Había momentos en los que parecía que solo existían el mar, las islas… y nosotros. Nada de multitudes, nada de ruido artificial: solo el motor suave del barco y un paisaje que no necesitaba ningún filtro.

El crucero incluía todas las comidas en formato buffet (el alcohol no), con una cena de marisco a la parrilla que fue de lo mejor del viaje, y varias actividades organizadas: kayak entre las rocas, snorkel, trekking por el Parque Nacional de Cat Ba y visita a pueblos como Viet Hai y pesca nocturna desde el barco.

Una de las dos noches hicimos una clase de cocina vietnamita a bordo. Me sacaron a hacer rollitos y, podéis imaginaros que, con mi nivel culinario, fue más un experimento que una receta. Aun así, nos los comimos. Contra todo pronóstico.

03
9 de febrero · Cat Ba

Cat Ba y vida a bordo

El día empezó con una de las actividades más especiales del viaje: kayak entre las formaciones rocosas. Remar por esos pasillos de piedra, con el agua completamente en calma y solo la voz de nuestro guía Quang rompiendo el silencio, fue una de esas experiencias que se disfrutan casi sin hablar. También nos dieron material para hacer snorkel, aunque la verdadera magia estaba más fuera del agua que dentro.

Durante todo el recorrido en barco íbamos cruzándonos con casas flotantes, pequeñas comunidades que viven literalmente sobre el agua, dedicadas principalmente a la pesca y a la cría de peces y mariscos. Una vida sencilla, aislada y totalmente ligada al mar, que veíamos pasar como parte natural del paisaje. Durante siglos vivieron completamente aislados del mundo terrestre. Hoy el gobierno vietnamita está reubicando a muchas familias en tierra firme para mejorar su acceso a educación y sanidad, pero algunas siguen viviendo allí. Son una forma de vida que está desapareciendo.

Cuando tocó la excursión a la isla de Cat Ba, mucha gente prefirió quedarse en el barco bañándose en los alrededores. El crucero era pequeño precisamente para evitar multitudes, pero aun así solo decidió venir otra pareja y nosotros, así que la excursión acabó siendo casi una experiencia privada con nuestro guía. Tras el trekking, vimos una cueva y subimos a varios miradores: dos en plena montaña, con un mar infinito de colinas verdes, y otro en la Cannon Fort, una antigua fortaleza militar desde la que se domina toda la bahía.

En la propia ciudad de Cat Ba paramos a comer un hot pot vietnamita, una olla humeante en el centro de la mesa donde vas cocinando tú mismo carne, verduras y fideos. Muy local, muy sencillo y sorprendentemente bueno.

Y entonces llegó lo que no se puede planear: el atardecer. La bahía suele ser gris y brumosa, pero cuando el sol baja, todo se vuelve dorado. El agua se enciende, las islas se recortan en sombras suaves y el paisaje parece irreal. Desde la cama, sin hacer nada, entiendes por qué este sitio no necesita mucho más para quedarse grabado en la memoria.

Día 4 · Vuelta a tierra
04
10 de febrero · Hanoi

Vuelta a Hanoi y choque de mundos

El crucero terminó y tocó despedirse del silencio, el agua y la vida lenta para volver, de golpe, a Hanoi. En pocas horas pasamos del mar en calma al tráfico, los pitidos y las calles llenas de gente, como si el barco hubiera sido un paréntesis en mitad del caos.

Lo primero que hicimos fue perdernos de nuevo por la ciudad. Acabamos en uno de esos mercados del centro, muy local, lleno de puestos de collares, pulseras, amuletos y objetos religiosos. Allí vimos algo que nos llamó muchísimo la atención: gente quemando billetes… que no eran de verdad, sino dinero simbólico. Es una tradición vietnamita para honrar a los antepasados y "enviar" prosperidad al más allá.

Después sí, cambiamos radicalmente de escenario y subimos a la Lotte Tower, uno de los edificios más altos de Hanoi. Desde arriba, con el mirador de cristal bajo los pies, la ciudad parece infinita: luces, avenidas, bloques sin fin y una sensación bastante incómoda si no te llevas bien con las alturas.

No es un mirador para todo el mundo: solo los valientes se atreven a caminar sobre el suelo transparente y mirar hacia abajo desde decenas de pisos sin que les tiemblen las piernas. Javi, esto no era lo tuyo.

Un cierre perfecto para entender Hanoi: una ciudad donde conviven sin problema lo más moderno y lo más tradicional, lo espiritual y lo material, el siglo XXI y costumbres que vienen de siglos atrás.

Esa noche, además, aprendimos otra de esas pequeñas lecciones del viaje: el primer día en Hanoi, al llegar al hotel, nos pidieron el pasaporte y nos dijeron que era "más seguro" que lo guardaran ellos. Al volver del crucero ya no me cuadraba tanto el argumento. Bajé a recepción y lo pedí de vuelta. Confiar, sí… pero no dejar de pensar por ti mismo.

Desde ese momento lo tuvimos claro: el pasaporte se quedaba con nosotros. Si querían, fotocopia. Pero el original, ni hablar.

Días 5 y 6 · Ninh Binh
05
11 de febrero · Ninh Binh

Crisis de los 40 y paisajes de otro planeta

Este día empieza con una decisión un poco cuestionable: alquilar una moto y continuar el viaje por Vietnam sobre dos ruedas. Y no era una moto cualquiera, era una de montaña, alta, grande y nada discreta. A Javi le había dado fuerte la crisis de los cercanos 40 y, recién sacado el carnet, decidió que aprender a conducir en Vietnam era una idea fantástica. Primer trayecto serio: unas dos horas de carretera, tráfico caótico, tramos casi sin asfalto… y yo rezando por dentro.

Aquí empezó de verdad la aventura: carretera, paisajes brutales y la sensación constante de estar viajando por un sitio completamente diferente a todo lo que conocíamos. Y con una moto de por medio, para bien o para infarto.

Llegamos a Mua Caves, el sitio es simplemente espectacular: naturaleza por todas partes, lagunas, puentes de madera, farolillos de colores por la noche y cabañas de bambú que parecen sacadas de una película. Uno de esos alojamientos que ya por sí solo justifica el viaje.

Subimos al famoso mirador de Hang Múa, con su interminable escalera tallada en la roca. Desde arriba, las vistas son de las que te dejan en silencio: ríos serpenteando entre montañas kársticas, arrozales infinitos y una neblina suave que hace que todo parezca irreal. En lo alto, las estatuas y pequeños templos le dan todavía más épica al momento.

Por la noche paseamos por el complejo, entre senderos, canales y rincones decorados con figuras tradicionales y puentes de piedra. Todo muy tranquilo, muy verde, muy distinto al ritmo de las ciudades. Y por la noche, el lugar se transforma con las luces y farolillos, creando una atmósfera casi mágica.

06
12 de febrero · Ninh Binh

Cuevas, templos y safari humano

El día empezó de forma surrealista: abrimos las cortinas de la habitación y había varios chinos literalmente pegados al cristal, intentando averiguar qué había al otro lado, como si nuestra habitación formara parte del recorrido turístico del complejo. Cerramos, nos miramos… y nos entró la risa.

Después salimos en moto rumbo a Tam Coc, donde hicimos el clásico paseo en barca entre montañas y cuevas.

El paisaje era brutal, hasta que apareció una vendedora en otra barca y nos lanzó unas patatas y una Coca-Cola dentro. Nuestro barquero, sin cortarse un pelo, dijo que era su desayuno y que se lo pagáramos. Entre que no entendíamos nada y que nos pareció un morro impresionante, dijimos que no. Momento Vietnam total.

Lo mejor vino después, casi sin planearlo. Acabamos con la moto en Bich Dong Pagoda, un monasterio precioso, sin apenas turistas. Desde allí empezamos a caminar por una especie de sendero que nos metió de lleno en un paisaje increíble: huertos, lagunas, pequeñas casas, templos medio escondidos entre la roca, caminos de tierra entre arrozales y montañas gigantes cerrándonos el horizonte.

Fue, sin duda, el Vietnam que veníamos buscando: lento, verde, espiritual y absolutamente hipnótico.

Por la tarde fuimos a Trang An, donde hicimos otro recorrido en barca, mucho más largo que el anterior. La barca avanza despacio entre montañas kársticas y atraviesa cuevas completamente oscuras, donde el techo pasa a pocos centímetros de tu cabeza. Y fue ahí donde vimos algo que nos dejó impactados: pequeños altares dentro de las propias cuevas, con flores, incienso y ofrendas colocadas en mitad de la roca. Espiritual, silencioso y profundamente auténtico.

Días 7, 8 y 9 · Cao Bang
07
13 de febrero · Cao Bang

Nueve horas de moto y amor verdadero

Este día fue una segunda prueba de amor: nueve horas en moto hasta Cao Bang. Nueve. Horas. Javi. Y, por supuesto, ¿una moto cómoda para viajar? No, para qué.

"Yo llegué con el culo roto y la sensación de haber envejecido diez años en un solo día, pero también con la certeza de que acabábamos de vivir una de esas locuras que no se piensan demasiado… y que luego se convierten en lo mejor del viaje."

Echamos todo el día en carretera, parando cuando nos apetecía, sin horarios ni prisas. Pasamos por pueblos perdidos, carreteras imposibles, campos, montañas, ríos y aldeas donde parecía que el tiempo se había quedado congelado. Íbamos tan metidos en el país, que veías las casas por dentro, la gente cocinando, niños jugando en la puerta, gallinas cruzando la carretera y señoras mirándonos como si acabáramos de aterrizar de otro planeta.

Paramos a comer en un sitio completamente local. Tan local que no hablaban ni una palabra de inglés y nosotros de vietnamita lo justo para no morir de hambre. Todo fue por señas. El sitio… bueno, digamos que era una auténtica guarrada. Casi no comimos, pero nos reímos mucho y la experiencia fue tan surrealista como auténtica.

Nos alojamos en un hotel espectacularmente bonito. Preguntamos si podíamos cenar allí y nos prepararon una cena de chef de película, de lo más rico que comimos en Vietnam. Platos increíbles, presentados con mimo, silencio absoluto en el comedor… y nosotros dos solos. Después de la paliza, la ducha caliente y el trauma capilar, esa cena nos supo a gloria bendita.

08
14 de febrero · Cataratas Ban Gioc

Cataratas en la frontera del mundo

Este día tocaba uno de esos sitios que no sabíamos ni pronunciar bien, pero que acabó siendo de lo más espectacular del viaje: las Cataratas de Ban Gioc, en plena frontera con China.

El lugar es simplemente increíble. Un conjunto enorme de cascadas cayendo en varios niveles, rodeadas de selva, montañas kársticas y una calma extraña que solo rompe el ruido constante del agua. Lo más surrealista es que, si cruzas en barca el río, estás literalmente en China. Un lado Vietnam, el otro China, separados solo por unas aguas verdes y un par de metros.

Nosotros nos quedamos flotando entre los dos países, sin pasaporte, sin controles, solo dejándonos salpicar por la niebla de las cataratas.

Y como si el escenario no fuera ya suficientemente perfecto, aparecieron búfalos de agua pastando tranquilamente delante de las cataratas, como si fuera lo más normal del mundo. Una estampa tan Vietnam que parecía sacada de un documental.

Después de las cascadas fuimos a ver una cueva cercana, la Nguom Ngao Cave. Entrar ahí dentro fue como meterse en el interior de la tierra: pasillos enormes, estalactitas y estalagmitas gigantes, formaciones que parecían esculturas y una iluminación dorada que lo hacía todo todavía más irreal.

09
15 de febrero · Vuelta a Hanoi

Nueve horas más y vida en directo

Volvimos a Hanoi en moto. Otras nueve horas. Porque ya que habíamos sobrevivido a la ida, ¿por qué no repetir la experiencia? Esta vez el cuerpo ya iba resignado, en modo automático, asumiendo que el culo iba a sufrir y que el paisaje sería la verdadera recompensa. Y no falló. La carretera volvió a regalarnos escenas imposibles: búfalos cruzando tranquilamente en mitad del asfalto como si fueran peatones con prioridad absoluta, camiones esquivándolos con una calma admirable y nosotros pasando despacio, sintiéndonos parte de un documental.

Fue otro día de carretera larga, polvo, ruido y cansancio, pero también de esos que no se olvidan. No por lo que ves en Instagram, sino por lo que se queda en la memoria: la vida cotidiana pasando delante de tus ojos mientras avanzas, lento, incómodo… y absolutamente feliz de estar ahí.

Días 10, 11 y 12 · Da Nang · Hoi An
10
16 de febrero · Da Nang

Adiós motito y dragones en llamas

Este día empezó con una despedida importante: dejamos la moto. Después de tantos kilómetros, barro y aventuras, volamos hasta Da Nang y volvimos a la vida "civilizada". Duchados, con ropa limpia y sin casco: una sensación rarísima después de tantos días sobre dos ruedas.

Da Nang nos recibió como una ciudad moderna, amplia, con aire de costa y llena de marisquerías por todas partes.

Y por la noche llegó el plato fuerte: el famoso puente del dragón. Resulta que todos los viernes, sábados y domingos a las 21:00, el dragón cobra vida y hace un espectáculo de fuego y agua. Y allí estábamos nosotros, rodeados de cientos de vietnamitas esperando el momento como si fuera fin de año.

Cuando el dragón empezó a lanzar fuego por la boca, lo mejor no fue ni el fuego… fue el público. Cada vez que salía una llamarada, todo el mundo a la vez soltaba un enorme: "OHHHHHH" en perfecto sincronismo. Como si lo hubieran ensayado. Y nosotros partiéndonos de risa en medio, mirando más a la gente que al dragón.

11
17 de febrero · Ba Na Hills · Hoi An

Bendito chofer y teleférico al futuro

Este día tocaba ir de Da Nang a Hoi An, y lo resolvimos como casi todo en ese viaje: sobre la marcha. Le dijimos al dueño del hotel si había alguna forma de ir a Hoi An parando en Ba Na Hills, y en cinco minutos nos tenían montado el plan: chofer privado, coche cómodo, visita todo el día al parque y por la tarde traslado directo a nuestro hotel de Hoi An. Todo por alrededor de 50€ cada uno. Bendito coche. Bendito Vietnam.

Lo que más nos flipó fue que el chofer nos dejó en el parking de Ba Na Hills con todo nuestro equipaje dentro del coche… y se quedó allí esperándonos todo el día. Sin prisas, sin reloj, sin presión.

Ba Na Hills es difícil de explicar. Subes en uno de los teleféricos más largos del mundo y, de repente, estás en otro planeta: templos budistas, jardines perfectos, estatuas gigantes, una ciudad francesa sacada de Disneyland y, de pronto, un parque de atracciones con coches de choque, montañas rusas y atracciones psicodélicas. Todo mezclado sin ningún tipo de sentido… y a la vez funcionando.

Fue probablemente lo más surrealista del viaje: pasar de estar rodeados de naturaleza a caminar por un castillo europeo, luego subirte a una atracción y después acabar en un templo con vistas infinitas. Vietnam en estado puro: caos estético, pero absolutamente fascinante.

12
18 de febrero · Hoi An

Calor, fiebre y la otra cara del viaje

El día empezó bonito… pero ya venía con aviso. Javi llevaba tocado desde la vuelta de Cao Bang a Hanoi porque nos pilló lluvia y, en una de las paradas para comer, creemos que nos timaron. En Hoi An ya directamente volvió a estar con algo de fiebre y gastroenteritis… pero él seguía pidiéndose batidos de fruta con hielo. En países donde el agua no es potable. Nada, mi señor no aprendía la lección.

Aun así, por la mañana salimos a pasear un poco por el casco antiguo. Hoi An es muy bonita, eso es innegable: calles llenas de farolillos de colores, casas amarillas, puentes de madera, el río lleno de barcas y muchísima vida. Todo parecía de postal.

Llegamos hasta el Puente Cubierto Japonés (Japanese Covered Bridge – Chùa Cầu), construido en el siglo XVI por comerciantes japoneses cuando Hoi An era uno de los puertos más importantes de Asia. No es solo un puente: dentro alberga un pequeño templo protector, reflejo de la importancia espiritual que tenía para quienes vivían del comercio marítimo.

Pero a medida que caminábamos, esa postal empezaba a sentirse demasiado construida. Había señoras caminando con esos palos de bambú cargados de frutas o flores, que al principio posaban encantadas… y luego te pedían dinero por la foto. Lo que parecía cotidiano, en realidad era parte de una escena repetida una y otra vez para el turista.

Hoi An, siendo sinceros, me decepcionó un poco. Muchísima gente, todo muy enfocado al turismo y una sensación diferente al resto de Vietnam.

Por la noche, ya con Javi algo mejor, salimos a dar un paseo y a cenar. Hoi An se transforma completamente al anochecer. Los farolillos se encienden, el río se ilumina y todo adquiere una belleza difícil de negar.

Allí es habitual tirar una pequeña vela en un cartón al río. Al parecer tiene un significado espiritual: simboliza soltar deseos, atraer buena suerte o dejar ir lo malo. La intención es bonita. Pero verlo tan masificado, tan convertido en atracción turística nos dejó una sensación extraña. El río estaba lleno de estructuras flotantes acumulándose unas sobre otras, muchas hechas de cartón y plástico que terminan en el agua. Visualmente es precioso, pero también profundamente contaminante.

Hoi An de noche es espectacular visualmente, sí, pero también es probablemente el sitio donde más sentí que Vietnam se había convertido en un decorado. Bonito, fotogénico… pero con menos alma que el resto del viaje.

Días 13, 14 y 15 · Hué
13
19 de febrero · Hué

Montañas, templos y la entrada al Vietnam imperial

Ese día dejamos Hoi An atrás y pusimos rumbo a Hue en autobús, con varias paradas por el camino que convirtieron el trayecto en mucho más que un simple traslado.

La primera fue en las Montañas de Mármol (Marble Mountains – Ngũ Hành Sơn), un conjunto de cinco colinas sagradas que representan los cinco elementos. Durante siglos han sido lugar de culto budista, con templos escondidos en cuevas naturales. Algunas de estas cuevas, como la Huyen Khong Cave, también se usaron como hospitales y refugios durante la guerra de Vietnam.

Seguimos hacia el norte hasta el famoso Paso de Hai Van (Hai Van Pass), cuyo nombre significa "Paso de las Nubes del Mar". Esta carretera de montaña ha sido históricamente una frontera natural entre regiones y hoy es uno de los tramos más espectaculares del país, con vistas increíbles al mar, la selva y la costa virgen.

14
20 de febrero · Hué

Calor infernal y el Vietnam imperial por dentro

Si Hue ya nos había dado vibes de "aquí pasó historia", este día fue confirmación total: decidimos dedicarlo entero a la Ciudadela Imperial (Imperial City / The Citadel – Kinh Thành Huế). Ese día el calor era de los que te dejan sin personalidad: sol directo, humedad y ese aire espeso que te va apagando poco a poco como una vela.

Entrar fue como cruzar una frontera invisible. Pasas del Hué cotidiano a un espacio enorme, silencioso y ceremonial, rodeado de fosos y murallas. Lo primero que impresiona es lo grandioso que es todo: avenidas internas, puertas monumentales, patios interminables… y la sensación de que esto no era "un palacio bonito", sino literalmente el centro del poder de Vietnam.

Accedimos por la puerta más icónica, la Puerta del Mediodía (Noon Gate – Ngọ Môn), que era la entrada principal al recinto imperial y donde se hacía el teatro serio de la monarquía: ceremonias, recepciones oficiales y todo lo que tenía que verse.

Dentro, íbamos avanzando entre patios y edificios donde se nota que el tiempo ha pasado fuerte. Hue fue capital de la dinastía Nguyen, la última dinastía de Vietnam, y eso se siente en cada detalle: los tejados curvados, los colores imperiales, los dragones por todas partes. Hue, además, forma parte de un sitio UNESCO, y se nota que hay restauraciones por todas partes: mucha belleza… y muchas cicatrices.

Por la tarde nos desplazamos hasta la zona de las tumbas en moto. No pudimos verlas todas, ya que cerraban pronto y había muchísimo que ver. En uno de esos parones de "necesito no derretirme", nos quedamos mirando un estanque lleno de carpas koi, que en Asia suelen simbolizar perseverancia y buena suerte… y que, sinceramente, estaban viviendo mejor que nosotros a esas horas.

En resumen: fue un día lento, de caminar, parar, beber agua, buscar sombra y volver a caminar. Hue no te entretiene: Hue te pesa. Y precisamente por eso se te queda.

15
21 de febrero · Hué

Moto, túneles y la vida bajo tierra

Ese día volvimos a la carretera, pero esta vez con una moto normal. Una moto de persona funcional. Nada de aventuras mecánicas innecesarias ni crisis existenciales sobre dos ruedas. Gracias, Javi.

El plan era ir hasta los Túneles de Vinh Moc, bastante al norte de Hue, cerca de la antigua zona desmilitarizada que separó Vietnam del Norte y del Sur durante la guerra. El trayecto ya merecía la pena por sí solo: carreteras tranquilas, pueblos pequeños, arrozales infinitos y esa sensación de estar viajando sin rumbo fijo.

Llegamos a los Túneles de Vinh Moc y desde fuera no parece gran cosa. Un pequeño acceso, vegetación, tranquilidad absoluta. Cuesta imaginar que ese lugar esconde una de las historias más duras del país.

Los Túneles de Vinh Moc no eran un escondite militar. Eran un pueblo entero bajo tierra. Entre 1966 y 1972, durante los bombardeos más intensos de la guerra, más de 300 personas vivieron allí durante seis años completos. No se escondían de forma puntual: vivían. Dormían. Cocinaban. Criaban a sus hijos. De hecho, nacieron 17 niños dentro de los túneles durante ese periodo.

Bajamos con un guía local, y en cuanto entras, todo cambia. El aire es más denso. La luz desaparece. El silencio pesa.

Los túneles son estrechos, bajos y oscuros. Avanzas agachado, sintiendo el peso de la tierra encima. Cuesta imaginar cómo alguien pudo vivir ahí abajo no durante horas… sino durante años. Y, sin embargo, lo hicieron. No por elección, sino por supervivencia.

"A veces viajar no es solo ver cosas bonitas. A veces es entender hasta dónde puede llegar el ser humano cuando no tiene otra opción que resistir."

No es un museo bonito ni espectacular. Es mucho más que eso. Es real. Es sentirlo. Es entender, aunque sea mínimamente, la resistencia silenciosa de la gente que lo vivió. Ese día, dentro de la tierra, lo entendimos. Y el silencio de los túneles se quedó con nosotros mucho después de irnos.